CARTA VI

Querida Ernes:

Hoy manejé una hora y media por el medio de la nada australiana con el jefe de cocina de la mina sentado al lado mío.

Es un hombre que casi no mira. Siempre con lentes oscuros, sin saludar, sin sonreír. Yo lo conocía de vista y la verdad es que me preocupaba un poco el viaje — una hora y media puede ser muy larga cuando no sabés si el otro va a abrir la boca. Pero habló. Me preguntó de dónde era, me contó dónde vivía, si le gustaba el trabajo. Y en un momento, mientras manejaba, me mostró una foto del clima que había tenido dos días antes en el lugar donde vive, a tres horas al sur de Melbourne.

Me pareció un gesto muy lindo. Que en una ruta en el medio de la nada, este hombre que casi no mira buscara una foto para mostrarme algo suyo. Algo de su lugar. Como si quisiera que yo pudiera ver, aunque sea un poco, de dónde viene.

No sonrió una sola vez en todo el viaje. Pero me mostró esa foto.

Y me quedé pensando en eso todo el camino de vuelta.

Trabajo en una mina en Queensland. Hago lo que acá llaman drive in drive out — manejo hasta acá, trabajo mis días, y cuando salgo no vuelvo a una casa fija sino que voy cambiando, dependiendo de qué queremos hacer y a dónde nos pinta ir. No hay una casa que me espere. No hay una cama que sea la mía. Y adentro de la mina tampoco hay corte — trabajás, comés, vas al gym, lavás la ropa y dormís en el mismo lugar. Todo en el mismo lugar. Lo cual hace que la jornada no termine nunca del todo, que el trabajo se filtre en todo, que el cansancio sea de otro tipo — no solo físico sino de no poder salir, de no poder cerrar la puerta y que afuera sea otra cosa.

Dos habitaciones de la mina y el famoso uniforme naranja que usan los mineros.


La soledad se siente. El medio de la nada también. Y sin embargo hay algo que me llama la atención: la gente se queda. Años. En un trabajo sacrificado, lejos de sus familias, con jornadas de doce horas y energizantes que te hacen picar el cuerpo. Acá se habla de las esposas de oro — el sueldo que engancha y no te deja ir. Pero yo me pregunto si es solo eso. Porque lo que veo es que viajan juntos, trabajan juntos, cenan juntos, toman una cerveza juntos al final del día. Y me pregunto si lo que retiene no es el dinero sino eso — pertenecer a algo. Aunque ese algo sea una mina en el medio del desierto.

Nuestros amados vecinos.

Hace unos días, una compañera me contó que el mejor amigo de su amiga se había suicidado. Australiano, joven. Y al hablar de eso me dijo algo que me quedó dando vueltas: "tienen que entender que pueden hablar de lo que les pasa."

Lo entiendo. Y al mismo tiempo algo en esa frase me incomodó. Porque me parece más fácil decirle a alguien que puede hablar, que preguntarse si alguna vez hubo alguien dispuesto a escucharlo. Si alguna vez se sintió habilitado a decir lo que le pasaba. Si alguna vez, del otro lado, hubo alguien que alojara eso sin incomodarse, sin querer resolverlo rápido, sin cambiar de tema.

Porque emitir palabras no es lo mismo que ser escuchado. Y en una sociedad donde el malestar incomoda más a quien rodea que a quien padece, no alcanza con saber que se puede hablar. Necesitás un otro que reciba. Que se quede. Que devuelva algo.

Y devolver no significa responder. Muchas veces no se sabe qué responder — y me parece que está bien. Porque responder desde lo que uno cree entender sobre el dolor del otro es, en el fondo, no entender que el otro es otro. Que su historia no es la mía. Que sus heridas tampoco.

Devolver puede ser una mirada. Un hombro para llorar. Una sonrisa en el momento justo. Una palmada en la espalda, un abrazo, una caricia. Un simple: te quiero.

Y en eso pienso también en el análisis — ese espacio donde el analista no responde desde lo que cree entender, sino que se queda. Que sostiene. Que devuelve algo sin pretender que ese algo sea la respuesta correcta. Porque la respuesta correcta no existe — existe el otro que permanece mientras vos buscás la tuya.

Y entonces vuelvo a tu carta, Ernes. A esa idea de que las cartas no acortan distancias sino que construyen otra cosa — un puente que existe solo mientras alguien se anima a cruzarlo. Me gustó mucho eso. Porque tiene algo de lo que vengo pensando acá: que la palabra necesita movimiento, necesita ir hacia algo. Y que quien escribe y quien lee en ese intercambio ya no son exactamente los mismos que eran antes.

Quizás eso es lo que hace posible que sigamos escribiéndonos. Que cada carta nos encuentre distintas. Que ninguna lectura sea igual a la anterior — porque nosotras tampoco lo somos.

¿Somos sin el otro? Cada día que paso acá me convenzo más de que no.

Te leo.

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