CARTA VIII

Querida Ernes:

El otro día, terminando de atender, me quedé pensando, no solo en mis pacientes, en gente mía, en gente que quiero. En esto de cómo uno hace silencio con lo que le pasa y sigue. Porque tampoco podés parar la vida y ponerte a llorar por horas, un martes cualquiera. Hay que laburar, pagar el alquiler, sostener una casa, capaz una familia. Entonces uno guarda. Ni siquiera es que decide guardar — sigue nomás, y algo queda ahí atrás mientras uno hace las compras, contesta mensajes de laburo, se ríe en un asado.

Y así pasan los años. Hasta que un día explota. O ni explota, pero se cuela: en un llanto que no tiene que ver con nada de lo que está pasando ahí, en un cansancio que no se explica solo con dormir mal. Y ahí, a veces, aparece el análisis, en donde bien decís vos, hay un otro, el analista, que aloja, que escucha, que mira y espera a que algo acontezca. Espera…

Como quien espera ese acontecer, en algún rincón del mundo.

Todo esto me hizo acordar a la mina, al chef del que hablé en la Carta VI. Una hora y media en el auto sin que abriera la boca, y de repente me mostró una foto de su casa. Nada más. Ni una palabra de lo que sea que le pase a un tipo que viaja a la otra punta de Australia para trabajar, recontra lejos de lo suyo. Solo la foto. Y pensé: así hablamos, ¿no? Mostrando algo sin querer mostrar nada.

Y ahí me quedé pensando en por qué mierda uno se va de su país. Porque yo también me fui, y sigo yéndome. Y a veces pienso que uno no decide un día tranquilo "quiero conocer el mundo". Sale eyectado. Como si algo te empujara la espalda y no te dejara mirar para atrás. 

¿Son los políticos de mierda de siempre, con una inflación que te come el sueldo antes de fin de mes el motivo por el cual uno se va? ¿Es eso? ¿O el país es la excusa perfecta para salir corriendo de otras cosas que no tienen nombre? ¿O que no queremos nombrar?

Te sigo leyendo…

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