CARTA II

Querida Ernes:

‍Hace varias semanas, y sobre todo en las últimas sesiones, vengo pensando en esa primera vez que decidí contactarte desde Alemania, en un momento en el que estaba claramente sufriendo. Y aunque siempre tuve claro que algo de mí se jugaba ahí, no sabía qué, ni cómo.

Hoy, desde Australia —el país donde vivo hace ya más de un año y medio— y a casi tres años de haber comenzado mi análisis, me sigo preguntando: ¿será posible, al menos parcialmente, no quedar alienada, capturada, a eso que —como bien dijiste— creo que soy, o debería ser, para el otro?

Recién, en el grupo de estudio, hablábamos del movimiento geográfico: del hablar desde un lugar que no es mi tierra natal. Pero, más que nada, de un movimiento subjetivo. No solo hablo desde otro país —o al menos no es solo eso— sino que hablo desde otro lugar, desde otra posición. Y, en todo caso, ese es el movimiento que más me interesa.

Hace un mes y medio tuve la oportunidad de conocer Vietnam. Un país del continente asiático que nunca me había llamado particularmente la atención visitar, pero que marcó en mí un antes y un después. Aunque, a medida que escribo esto, me pregunto: ¿es el país mismo el que produce ese antes y después? ¿O es más bien el recorrido que uno va haciendo, y las vivencias personales, lo que de alguna manera determinan que un país produzca algo en uno?

Quisiera poner en contexto lo que, al menos a mí, me produjo el primer contacto con dicho país, que —vale aclarar— es siempre subjetivo.

No por nada Vietnam es conocido por su tráfico caótico y el quilombo que habita cada una de sus calles. Pero algo que, desde el primer momento, me llamó mucho la atención fue que, en medio de tanto caos, había un “entendimiento” del movimiento del otro. De alguna manera, ellos podían entenderse en ese caos. A mí me costó.

‍Muchos días me pregunté cómo hacían para no atropellar a alguien si, a veces, ni siquiera respetaban los semáforos en rojo; si las sendas peatonales solo existían porque estaban pintadas, pero no porque en el imaginario social fuese el lugar por donde se debía cruzar la calle.

Ese cruzar por donde se pudiera, entre cientos de motos que avanzaban entre autos y camiones como si estuvieran jugando al Tetris, me generaba cierta incomodidad.

Podría enumerar muchas cosas que me llamaron la atención además del tráfico, pero sigo con otra cuestión que me generó incluso más molestia, enojo y desconcierto.

Estaba entrando a un local con mi novio, buscando valijas y bolsos para comprar —porque, por si no saben, es un país muy barato—. Por atrás se acercó una señora vietnamita que evidentemente quería pasar por donde yo estaba, pero en vez de pedirme permiso, como creo que muchos de nosotros haríamos, simplemente apoyó su antebrazo al costado de mi cuerpo y me empujó hacia un lado.

El contacto físico, que me haya tocado, que me haya tomado desprevenida y que, encima, ni siquiera haya pedido disculpas al irse —porque, a mi entender, era motivo para pedirlas— me dejó pensando.

‍Podríamos ponernos a definir qué es el saludo, los códigos sociales que nos rigen y blah blah. Pero mi lectura siempre fue por otro lado: hay tantas formas de habitar el mundo como subjetividades. Es siempre singular. Como lo es cada analizante. Como lo soy yo.

Tantos imperativos, tantos ideales, tantas imágenes que sostener… y tanto sufrimiento que todo eso puede generar.

Me interpela sin duda en lo personal. Me hace replantearme una y otra vez que hay miles de formas, y que esa que a veces me genera tanta angustia y dolor probablemente no sea la mía. O, al menos, no sea propia.

Phu Quoc, Vietnam — 12 de febrero de 2026.

El trabajo constante es —como dijiste— no romper, sino desplazar, interrogar y, de alguna manera, crear mi propia forma de cruzar la calle y de pedir permiso.

Te leo en la siguiente carta.‍ ‍

Como te digo siempre,

Gracias.

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